martes, 17 de noviembre de 2015

Capítulos 52, 53 y 54 del Libro Segundo de don Quijote de La Mancha

Capítulo LII: Donde se cuenta la aventura de la segunda dueña Dolorida, o Angustiada, llamada por otro nombre doña Rodríguez

Don Quijote ya está recuperado de sus heridas y se plantea la posibilidad de ir a Zaragoza, lugar en el que se celebra una fiesta. Así se lo hace saber a los duques y estando en la reunión con ellos, hacen acto de presencia dos señoras. Una de ellas se tira, literalmente, a los pies del caballero.

Una vez que la señora se quita el velo que le cubre la cara se dan cuenta que se trata de doña Rodríguez y de su hija, aquella muchacha burlada por el labrador.

Doña Rodríguez pide autorización al duque para hablar con don Quijote, autorización que le es concedida.

Doña Rodríguez vuelve a recordarle a don Quijote su promesa de ayudarla a solucionar el 
entuerto causado por ese sinvergüenza del labrador y a impedir con ello que el caballero marche a Zaragoza sin hacerlo.

Don Quijote se compromete a prestar su ayuda, prometiendo batirse en duelo con semejante rufián (a pesar de que el duque se ofrece a ocupar su lugar)

De repente, aparece un mensajero con la carta de Teresa Panza dirigida a los duques y a Sancho.

En la carta dirigida a los duques, Teresa les da las gracias por los regalos recibidos.

En la carta dirigida a Sancho, Teresa le deja patente su inmensa alegría por el gobierno de su marido, gobierno que no creen ni el cura, ni el barbero ni el bachiller; incredulidad que la propia Teresa achaca a la envidia.

Finalmente, Teresa termina su misiva contándole las últimas novedades de la gente del pueblo.

La duquesa recibe con agrado los presentes que le envía Teresa.

Capítulo LIII: Del fatigado fin y remate que tuvo el gobierno de Sancho Panza

Cide Hamete nos cuenta que una noche estaba Sancho dormido cuando un jaleo monumental en la calle lo despierta. Cuando sale al pasillo ve a todo el mundo armado: han entrado unos intrusos en la ínsula.

Le piden a Sancho que se arme para hacerles frente a los malhechores, a lo que el gobernador accede. Al fin y al cabo, es su cometido.

Sancho, que no está acostumbrado a ir armado hasta las cejas, no puede ni moverse. Así que no es de extrañar que el pobre sancho caiga de bruces en el suelo, siendo pateado, pisado y usado a modo de atalaya para, sobre él, dirigir la refriega.

La escaramuza termina y Sancho puede salir de ese amasijo que se supone es su armadura.

El pobre Sancho está dolido. Física y anímicamente. Tanto que incluso quienes le han gastado tan cruel broma se sienten mal.

Tan humillado se siente Sancho que no duda en agarrar a su rucio y abandonar la ínsula. No, el papel de gobernador no va con él. Le viene grande y prefiere la vida tranquila que llevaba antes. 

Pero Sancho no lo tiene tan fácil…no se puede desprender de su cargo así como así.

A pesar de ello, Sancho termina por irse. No aguanta más como gobernador y decide ir ante el duque para explicarle sus intenciones. Sin nada llegó y sin nada se va ¿Qué mayor muestra de su buen hacer como gobernante?

Capítulo LIV: Que trata de cosas tocantes a esta historia, y no a otra alguna

Continúa la intención de don Quijote de vengar la honra de la hija de doña Rodríguez. Como el muchacho huyó a Flandes, se coloca en su lugar a un lacayo al que se le informa de todo lo que tiene que hacer.

Mientras tanto, Sancho se dirige hacia la casa de los duques. Por el camino se encuentra con unos peregrinos extranjeros, cuando uno de ellos dice conocerlo.

Efectivamente, se trata de un vecino de Sancho, un tal Ricote, morisco, que tuvo que huir de España por su condición pero que ha regresado camuflado como peregrino.

Sancho se une a la comitiva cuando se retiran a descansar y es ahí donde Ricote le confesa que ha echado de menos el país y que si se ha decidido a volver es para sacar un tesoro que tiene oculto y para trasladar a su esposa e hija hasta Alemania, país en el que ha fijado su residencia.

Le dice a Sancho que si lo ayuda le dará una generosa propina. Pero Sancho se niega. Es más, le dice que ha dejado un puesto de trabajo en el que ganaba una buena cantidad de dinero, que a él no le mueve en sus intereses el oro.

¿Cuál es ese puesto de trabajo? , pregunta Ricote. Cuando Sancho le dice que gobernador en una ínsula y le explica dónde está la ínsula, Ricote se extraña. Para empezar, las ínsulas están en medio del mar, no en tierra firme; y además, ¿Sancho de gobernador? No, no se lo cree…


Finalmente, los dos amigos se despiden y cada uno sigue su camino. 

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