miércoles, 8 de julio de 2015

Capítulos 25, 26 y 27 del Libro II de Don Quijote de la Mancha

Capítulo XXV: Donde se apunta la aventura del rebuzno y la graciosa del titiritero, con las memorables adivinanzas del mono adivino

Don Quijote está tan desesperado por oír tan maravillosas historias que le prometió el viajante que prácticamente lo atosiga hasta que se las cuenta.

La primera (y única historia) que le cuenta trata sobre dos espabilados que buscan el asno de uno de ellos. Son tan listos que se confunden ellos mismos al imitar al animal. Al final, se extiende el rumor de que rebuznan que da gusto y por este motivo son objeto de burla por parte de sus vecinos. De ahí que este buen señor vaya con armas por los caminos, porque los burlados van buscando gresca y confunden muchas veces si los están burlando o no.

Esta es la maravillosa historia que tenía que contarle a don Quijote…

Entra en la venta maese Pedro quien al parecer posee un mono adivino y un retablo. Pide hospedaje, deshaciéndose el ventero en elogios hacia él (por lo visto es un personaje muy conocido) Este despliegue de atenciones hacia el recién llegado hace que a don Quijote le pique la curiosidad y pida conocer a esta persona.

Maese Pedro es un titiritero que va con un retablo de Melisendra y un mono que sabe el pasado y el presente de la gente pero no el futuro. Lo cual hace que Sancho lo menosprecie hasta cierto punto pues termina por preguntarle qué es lo que está haciendo en este momento su esposa, Teresa.

Pero… ¡sorpresa! El mono, en boca de maese Pedro, reconoce al instante a don Quijote y a Sancho, para asombro de todos los presentes.

Aunque sí que es cierto que está asombrado, don Quijote no termina de creerse la extraña  forma de adivinar del mono. Más bien cree que maese Pedro ha hecho un pacto con el mismísimo demonio…

Sancho aprovecha y le pide a su señor que le pregunte al mono si lo que vio en la cueva es real o no…

El mono responde que algunas cosas son ciertas y otras no. Don Quijote no se queda muy convencido con esta respuesta…todo lo contrario que Sancho quien dice a su señor que ya sabía él que no todo lo que decía haber visto era cierto.

Comienza la representación del retablo, de la cual ya tendremos noticias en el siguiente capítulo.

Capítulo XXVI: Donde se prosigue la graciosa aventura del titiritero, con otros casos en verdad harto buenos

La representación del retablo trata de la historia de Melisendra, cautiva en España por el rey Marsilio. Quien cuenta la historia es un ayudante de maese Pedro quien narra cómo estando cautiva Melisendra, un enamorado moro le declara su amor, siendo rechazado por ella. Don Gaiferos, esposo de Melisendra, llega a la torre en la que está cautiva su esposa, y la rescata. Son perseguidos por el rey Marsilio y su ejército y ante esta situación, don Quijote (que ve peligrar a los dos amantes) decide intervenir (se mete tanto en el papel que cree que la situación es real) en la historia ofreciendo su ayuda a los huidos. Tal es el grado de desenfreno que adopta el caballero que se lía a porrazo limpio con todo y acaba haciendo añicos el retablo para desesperación de maese Pedro

Don Quijote se da cuenta del estropicio que ha liado, pero es que son esos demonios encantadores que le persiguen y no le dejan vivir quienes le nublan el seso. Se ofrece a pagar por el desaguisado ante el alivio de maese Pedro (al fin y al cabo es su medio de vida) mientras se da por desaparecido el mono (el animalito ha huido en la refriega)

Don Quijote apremia a que tase el destrozo. Ya es tarde y tiene hambre… Cuando maese Pedro tasa la figura de Melisendra, don Quijote le para. ¿Cómo que es Melisendra? Él bien recuerda haberla visto huir a lomos del caballo de don Gaiferos y a la velocidad que iban deben de estar ya cerca de Francia…

Maese Pedro ve que se le va a ir la cabeza otra vez a don Quijote y rectifica: no es Melisendra, es una de sus doncellas.

Don Quijote paga todo el destrozo y reina la paz en la venta. Aunque sigue inquieto por si los fugitivos han llegado o no a su destino…

Al amanecer, todos toman caminos distintos: el paje y el muchacho que acompañaba a Sancho y don Quijote por un lado, el señor de las lanzas y alabardas por otro, y maese Pedro y su mono (que ya ha aparecido) por otro. Eso sí, sin despedirse de don Quijote no sea que tenga tentaciones y la líe de nuevo.

Don Quijote y Sancho, de nuevo,  emprenden camino solo.

Capítulo XXVII: Donde se da cuenta quienes eran maese Pedro y su mono, con el mal suceso que don Quijote tuvo en la aventura del rebuzno, que no la acabó como él quisiera y como lo tenía pensado

En este capítulo, es Cide Hamete quien nos desvela la verdadera identidad de maese Pedro y su mono. Y… ¡sorpresa! Maese Pedro no otro que Ginés de Pasamonte, aquel truhán a quien don Quijote libera y que termina robando a Sancho. Ginesillo de Parapilla como lo llama don Quijote, huyendo de la justicia, ha ido a parar al Reino de Aragón donde se busca la vida como titiritero.

El mono, obviamente, no adivina nada. Simplemente está enseñado por él y con un movimiento suyo, hace como que le chiva las respuestas. Antes de entrar en un lugar, maese Pedro se informa de quiénes están en el mismo para con ello sacar información.

Con Sancho y don Quijote lo tuvo fácil pues ya los conocía. Aunque no se esperaba ese ataque de don Quijote hacia su retablo…

Volviendo a don Quijote, dirige sus pasos hacia la ciudad de Zaragoza. Al tercer día de viaje, se topan con un escuadrón y al ver un estandarte con un asno, llega a la conclusión de que se trata del pueblo de los rebuznos (aquellos de la historia que les contó el señor de las lanzas y alabardas en la venta)

Don Quijote se planta en medio del escuadrón y les ofrece un discurso sobre la necesidad o no de pelear por minucias. Sancho también interviene y, pensando que son los del pueblo en cuestión, les dice que es una tontería pelear por eso, que él también sabe rebuznar; algo que no es para nada ofensivo. Y allá que se pone a rebuznar con tal fuerza que se le oye en todo el valle. Pero a uno de los soldados  no le hace gracia el asunto y creyendo que Sancho se está burlando de ellos, le espolsa tal palo que el pobre escudero cae al suelo.

Don Quijote intenta defenderlo pero pronto ve su inferioridad numérica en cuanto a un posible ataque, por lo que sale huyendo.


El escuadrón se apiada del pobre Sancho y lo colocan sobre su asno, el cual sigue a Rocinante y por eso, don Quijote y Sancho, salen de esta aventura sin sufrir males mayores. 

1 comentario:

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