lunes, 6 de julio de 2015

Capítulos 22, 23 y 24 del Libro Segundo de don Quijote de la Mancha

Capítulo XXII: Donde se da cuenta [de] las grandes aventuras de la cueva de Montesinos, que está en el corazón de la Mancha, a quien dio felice cima el valeroso don Quijote de la Mancha

Los recién casados se deshacen en elogios hacia don Quijote, quien da comienzo a un análisis sobre el matrimonio.

Transcurridos tres días, don Quijote deja claro su deseo de visitar la famosa cueva de Montesinos y las lagunas de Ruidera. Los acompaña un joven humanista aficionado a los libros de caballería. 

Este joven también escribe libros, por lo que aprovecha Sancho para preguntarle una serie de dudas…un pelín extrañas.

Llegan a la cueva, la cual tiene un acceso más que complicado. Aún así, don Quijote, con una soga, accede al interior de la misma.

Cuando sale de la cueva lo hace en un estado de inconsciencia, del cual se recupera. Y lo hace casi en éxtasis, debido a las maravillas que ha visto en el fondo de la cueva. ¿Qué es lo que ha visto don Quijote?

Capítulo XXIII: De las admirables cosas que el estremado don Quijote contó que había visto en la profunda cueva de Montesinos, cuya imposibilidad y grandeza hace que se tenga esta aventura por apócrifa

Comienza don Quijote a contar lo que ha visto en la cueva. Dice que cuando bajó, le entró mucho sueño. Dormitó un poco, pero al despertar, vio que se encontraba en un prado. Lo cual le asombró hasta que se dio cuenta que era real. Ve un alcázar del que sale un anciano, que resulta ser Montesinos, quien le da la bienvenida y manifiesta su alegría por tenerlo allí.

Montesinos lleva a don Quijote al interior del alcázar, donde ve el cuerpo encantado de Durandarte, un caballero al que Montesinos le sacó el corazón para entregárselo a la señora Belerma. Pero el malvado Merlín los tiene encantados. Durandarte, aún sin corazón, no ha encontrado la paz que supuestamente da la muerte, quedando en ese estado eternamente. Lo mismo ocurre con el propio Montesinos y con doña Ruidera, sus siete hijas y dos sobrinas; condenadas a llorar eternamente y convertidas por ello en lagunas.

Lo mismo ocurrió con Guadiana, el escudero de Durandarte, convertido en el río que se esconde para ver a su señor y que sale a la superficie para que lo vean. Don Quijote también es testigo del pesar de doña Belerma, con el corazón de Durandarte, y de sus doncellas, quienes, en procesión, dejan patente su dolor.

Sancho no se cree nada…bueno, sí tiene la certeza de que su señor está más loco que antes de bajar a la cueva; afirmación que no le sienta nada bien a don Quijote (quien dice totalmente convencido de que en la cueva vio a Dulcinea…)

Lógicamente, don Quijote cree a pies juntillas todo lo que ha visto en la cueva, para la desesperación, una vez más, del pobre Sancho

Capítulo XXIV: Donde se cuentan mil zarandajas tan impertinentes como necesarias al verdadero entendimiento desta grande historia.

El traductor de esta historia, quien tradujo la misma de los escritos de Cide Hamete Benengeli, advierte de la posibilidad de que esta narración en concreto, la de la Cueva de los Montesinos, sea falsa…

Aclarado esto, prosigue la historia en la que el joven que los acompaña en esta aventura se asombra del descaro que tiene Sancho cuando se dirige hacia su amo.

Optan por descansar y al joven se le ocurre ir a una ermita en la que vive un ermitaño. Pero se cruzan con un hombre cargado de armas y como don Quijote otra cosa no tendrá pero curioso es un rato, decide hospedarse en el mismo lugar que este señor. Y es que este recién llegado pica la curiosidad del hidalgo al decirle que le puede contar muchas historias maravillosas.

Aún así, se desplazan, por deseo de Sancho y del joven, hacia la ermita con la esperanza de beber un buen vino. Pero la mala suerte hace que en la misma no se halle el ermitaño, teniendo que ir a parar sin remedio a la venta.

Camino de la venta se encuentran con un joven con el que entablan conversación. El muchacho va a la guerra y don Quijote ofrece tal discurso cargado de lógica que Sancho no hace más que preguntarse cómo puede ser real aquello que vio en la cueva.


Por fin llegan a la venta y se alojan allí después de asegurarse don Quijote de que el señor de las lanzas y alabardas también estaba allí. 

2 comentarios:

  1. Lo dejé en el capítulo 28 hace un mes... A ver si lo retomo !
    Besos.

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    Respuestas
    1. Me está costando mucho seguir con esta lectura, pero si no lo leo ahora no lo leeré nunca!!
      Un besito

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