lunes, 22 de diciembre de 2014

Capítulo L del Libro Primero de don Quijote de la Mancha

Capítulo L: De las discretas alteraciones que don Quijote y el canónigo tuvieron, con otros sucesos

Don Quijote continúa en su defensa de la veracidad escrita en los libros de caballerías. Para ello, emplea el símil de arriesgarse en un lago oscuro, de aguas poco apetecibles que en realidad lleva a un lugar encantador. Eso son los libros de caballería, lecturas que pueden resultar poco atractivas en un principio pero que llevan a una situación placentera. Incluso le recomienda al canónigo leer estos libros pues es seguro que se le irá la melancolía y cualquier otro mal que le invada. Además, dice don Quijote, tiene que seguir con sus aventuras pues le debe un condado a su fiel escudero, Sancho, quien no pierde la oportunidad de reclamar su tierra. El canónigo les advierte que eso de hacerse dueño y señor de una tierra no es tan fácil como creen, a lo que don Quijote contesta que él sigue el ejemplo de Amadís de Gaula quien hizo conde a su escudero de la Ínsula Firme. ¿Cómo no lo va a conseguir él para Sancho?

El canónigo queda asombrado con la locura de don Quijote y la necedad de Sancho si éstos creen que conseguirán la tierra tan fácilmente.

Se interrumpe la charla con la llegada de los criados del canónigo, quienes habían ido a abastecerse de víveres para la comida, por lo que comienzan a comer.

Pero poco les dura la tranquilidad, pues de repente escuchan un fuerte ruido y  de la maleza sale una cabra a la que le sigue un cabrero. Éste le habla al animal, a quien le pide que vuelva al rebaño. Todos quedan asombrados y es por eso que el cabrero les pide permiso (concedido de forma unánime por don Quijote pues se huele que de fondo puede haber una historia de caballeros) para contarles su historia para con ello evitar que lo tomen por un hombre de cortas entendederas.

Termina el capítulo con todo el mundo, excepto Sancho que prefiere apartarse y comer tranquilo, expectante a lo que tiene que contar el cabrero.


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