lunes, 22 de septiembre de 2014

Capítulo XXXVII del Libro Primero de don Quijote de la Mancha

Capítulo XXXVII: Que trata donde prosigue la historia de la famosa infanta Micomicona, con otras graciosas aventuras

Mientras todo el mundo en la venta está contento y feliz pues sus problemas se van solucionando, Sancho está en un sinvivir.  Y es que su sueño de una recompensa se ha esfumado en el mismo instante en el que la princesa Micomicona se ha transformado en la plebeya Dorotea.
Sancho, desilusionado y herido, le confiesa a don Quijote la verdad: que ni existe la princesa ni ha matado a gigante alguno.

Mientras tanto, el cura pone en aviso a los recién llegados (don Fernando, Luscinda y compañía) acerca de las locuras de don Quijote.

Así que cuando hace acto de presencia don Quijote, con toda la parafernalia incluida pues se ha colocado todos los artilugios que él denomina como armadura,  todos le siguen el juego (con el objetivo de retornar al caballero de la Triste Figura a su lugar de origen) especialmente, Dorotea.

Sancho queda como un mentiroso delante de su amo pues nadie da crédito a sus palabras. En estas están cuando llega un misterioso personaje con indumentaria árabe, aunque de apariencia cristiana. Junto a él viene una joven que, también por su indumentaria, parece mora.

El viajero solicita una habitación en la venta, pero no la hay. Luscinda y Dorotea se apiadan de la joven que lo acompaña y le ofrecen su cuarto para que la muchacha, quien no dice ni mu, pueda descansar.
Ante el interrogatorio por parte de las dos jóvenes sobre el origen de la muchacha, el viajero responde que sí, es mora, no está bautizada aunque lo desea y proviene de Argel. Se llama Zoraida, aunque desea llamarse María y es hermosa, muy hermosa.


Disfrutan todos de un ambiente de paz y armonía y durante la cena, don Quijote les suelta tal monólogo que ya a ninguno le cabe duda que el caballero está más loco que una cabra. 

1 comentario:

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