domingo, 15 de junio de 2014

Capítulo XXII del Libro Primero de don Quijote de la Mancha

Capítulo XXII : De la libertad que dio don Quijote a muchos desdichados que, mal de su grado, los llevaban donde o quisieran ir 

Cervantes vuelve a nombrar en este capítulo al supuesto autor de la obra, Cide Hamete Benengeli. Cuenta que don Quijote vio una comitiva de presos (condenados a galeotes) que llevaban amarrados a cumplir su condena en galeras. Don Quijote desconoce totalmente que exista esta pena y mucho menos cree que el rey sea capaz de forzar a la gente a hacer algo.

Bueno…poco más que decir ya que don Quijote ve en esta situación una nueva oportunidad de librar a los que sufren de sus cargas (por más que Sancho le dice que no, que en esta ocasión con quien se meten es con la justicia real y eso ya es cosa seria…)

Don Quijote hace caso omiso a las advertencias de Sancho y se planta delante de la comitiva. Pide saber quiénes son cada uno de sus componentes y cuáles son sus penas y delitos.  Cada uno de los presos le va contando sus penas, las cuales van desde hurtos de poca importancia, hasta un galán seductor.
Pero a don Quijote lo quien más le llama la atención es un preso que va custodiado de una manera distinta a la de los demás. Se trata de Ginés de Pasamonte, o Ginesillo de Paropilla, sobrenombre que no le gusta al reo. Por lo visto, es un peso bastante peligroso y con un historial delictivo a sus espaldas más que extenso.
Ginés le dice a don Quijote que está escribiendo un libro con su vida, la cual supera y mucho a la del Lazarillo de Tormes.

Don Quijote, mostrando una vez más que anda bastante mal de la cabeza, pide a los guardianes que libere a los presos. No cree que merezcan esa pena y nadie tiene la facultad de hacer cautivo a otra persona, pues todos nacemos libres y únicamente Dios es quien puede castigar.

Lógicamente, los guardias le dicen que nada de eso…que no piensan soltar a ningún preso. Don Quijote agarra tal cabreo que ataca sin miramientos a uno de los guardias, al que llega incluso a herir. Este momento de confusión es aprovechado por los presos para provocar una revuelta en la que el resto de guardias no sabe si atacar y reducir a don Quijote o intentar que no se les escapen los presos.

Sancho libera a Ginés, el cual se hace con una escopeta y provoca la huida de todos los guardias excepto el que yace en el suelo por el porrazo de don Quijote.

El único que posee un poco de sentido común es Sancho, quien rápidamente se da cuenta de que se han metido en un problema…y gordo. Así que le propone a don Quijote huir hacia la sierra, lejos de allí, para evitar a toda costa el severísimo castigo de la Santa Hermandad.

Antes de irse, don Quijote reúne a los presos y les pide que lleven a cabo una misión: ir al Toboso y contarle a Dulcinea la valiente acción que ha llevado a cabo su caballero de la Triste Figura. 
Menuda ocurrencia tiene este hombre… Y es que, lógicamente, todos los presos se niegan en redondo a cumplir esa misión (es que encima don Quijote les pide que se presenten encadenados…) y como ya se han dado cuenta de que el buen hombre está bastante tocado del ala (a nadie en su sano juicio se le ocurre liberar a presos peligrosísimos) deciden despedirse de su libertador a base de una lluvia de piedras, a la vez que les roban todo lo que pueden (ropa incluida)


Así que el panorama es, de nuevo, desolador para nuestros amigos. Los presos huyen con su botín, mientras que Sancho y don Quijote se quedan compuestos y sin nada. Bueno, a don Quijote aún le queda una cosa: su herido orgullo. 

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